martes, 24 de marzo de 2015

INSOSLAYABLES II


“Mi vida ha sido demasiado austera y sencilla como para molestar a nadie”. Esto dijo Emily Dickinson, la poeta norteamericana que vivió entre 1830 y 1886 y que, al contrario de Edgar A. Poe —reseñado en el Insoslayables I—, no tiene herederos literarios.
Lo que no suponía Emily Dickinson es que no solo molestó e incomodó a la ortodoxia literaria de su época, sino que, al día de hoy, es estudiada y analizada por la minuciosidad de sus percepciones y la precisión de sus imágenes.
Si bien Poe transformó la narrativa americana para siempre y produjo una sucesión infinita de imitadores, Dickinson estableció un modelo estético al que ningún otro poeta se ha aproximado. Dio un punto final a tamaño poder creativo cuando murió, a los 56 años, en el más completo anonimato. Su obra fue rescatada por su hermana menor Lavinia cuando, luego de la muerte de Emily encontró, guardados en un mueble de su habitación, más de 2000 poemas atados con cintas de seda y 40 volúmenes encuadernados a mano.
Publicar no era, para ella, parte esencial del destino de un escritor; era su modo de vida, su respiración, la visión que tenía de la realidad desde un encierro autoimpuesto en la habitación de su casa paterna por más de 20 años.
Varias cosas se dijeron sobre su vida privada, quizás como una manera de interpretar lo hermético y críptico de su poesía. Sus poemas son escurridizos, esquivos, como lo fue su paso por este mundo. Pero si uno acepta el pacto con el misterio que encierra su obra, se verá arrastrado a un encantamiento. Lo encantado, lo hechizado y lo sagrado eran, para ella, un mismo concepto. Su legado es sorprendente porque rompió con los moldes de una estructura conservadora y puritana. Abrió un nuevo paradigma. Ella no respetó la rima, no respetó el uso de las mayúsculas, utilizó guiones en forma de anotaciones musicales; la puntuación y la sintaxis eran barreras que ella esquivaba sin ningún tipo de reparo. De alguna manera fue una de las primeras vanguardistas de su época, antes de los surrealistas franceses y de todas las experimentaciones que se hicieron con el lenguaje.
Fue traducida al castellano por Silvina Ocampo; Alejandra Pizarnik le dedicó un poema y Borges dijo de ella que no conocía una vida más apasionada y más solitaria. Hay quienes dicen que su arte no era genuino, sino más bien una capacidad magistral para copiar lo ajeno y transformarlo en algo completamente distinto. Hay quienes opinan que de eso se trata, en definitiva, la literatura, y que Shakespeare hizo más o menos lo mismo. Pero en lo que todos están de acuerdo es que  su vida sigue siendo una suerte de emboscada para los curiosos de las biografías, y de enigma perpetuo para los críticos de su obra.
Se la conoció como la Dama de Blanco, la Bella de Amherst, la Poeta Reclusa y también “el mito”. De alguna manera en eso se transformó sin proponérselo, en un verdadero mito, en cuanto a que su poesía es brillante y opaca a la vez. Al leerla parece que uno está en presencia de latigazos luminosos, imágenes pastorales, sensaciones epifánicas. Es lo que uno siente, pero no lo que uno entiende. Al terminar cada poema uno se pregunta de qué está hablando. Y es ahí cuando nos damos cuenta de que a la poesía no hay que entenderla sino sentirla como una caricia en la piel. Emily Dickinson es una presencia “insoslayable”  no solo en la poesía, sino en el arte en general.

Debemos a su hermana menor el rescate de su obra, como le debemos a Max Brod el que no haya destruido los escritos de Kafka. Mientras tanto, en el cementerio de Nueva Inglaterra, la frase tallada en inglés: “Me llaman” en su lápida de piedra, sigue aun provocando misterio e incertidumbre. 

(Columna aparecida en el Número 12 de la Revista Qu Literatura). 

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