domingo, 5 de julio de 2015

INSOSLAYABLES III - HEMINGWAY Y LA HISTORIA SUMERGIDA

¿Qué es lo que más nos atrae de una buena historia? Creo que lo primero que se nos ocurriría contestar es que nos hace volar la imaginación, tanto por los hechos descriptos como por la visualización de los escenarios, la confección que hacemos de las fisonomías y movimientos de los personajes, por sus vestimentas y hasta por sus propios pensamientos. En una palabra, nos despierta el sentido de lo concreto en base a lo puramente abstracto. Nada de lo que hay en esas hojas escritas con signos arbitrarios es real, solo nosotros los transformamos en sonidos, olores, colores, voces y, hasta mágicamente, nos dejamos envolver por los recuerdos de los protagonistas, es decir, nos sumergimos en la abstracción de la abstracción. Ahora bien, cuando una historia es narrada dejando de lado los hechos más relevantes, nosotros, como lectores, tenemos que llenar esos huecos con más imaginación de la acostumbrada, es decir, descubrir algo que el propio autor no escribió. Esto es de alguna manera el principio fundamental de la Teoría del Iceberg que postuló Ernest Hemingway a través de su obra; el creador insoslayable de una nueva forma de escribir, el que nos retacea, en forma consiente, el nudo principal de lo que nos está contando. Si bien antes de Hemingway hubo otros que experimentaron con este método, solo él lo supo hacer con total maestría, al punto de que se lo considera como el estilista de prosa más influyente del siglo XX. El concepto del iceberg se refiere a una cuestión física: un trozo de hielo flotando en el agua deja ver en la superficie solo una parte —un octavo— de la totalidad; el resto se haya sumergido, invisible, oculto. Es esta porción invisible la más significativa, la que sostiene, como un cimiento indestructible, todo lo que queda expuesto a nuestros ojos. Y aquí está lo interesante en cuanto a la narrativa de Hemingway. Hay dos claros ejemplos de esto en los cuentos “El río de los dos corazones” y “Colinas como elefantes blancos”. Aquí, Hemingway relata, de forma magistral, cómo Nick, el protagonista del primer cuento, realiza una excursión de pesca. No hay nada más. Páginas y páginas de cómo se debe realizar esta tarea monótona y falto de atractivo, solo que debajo de la superficie, vamos percibiendo que Nick es un sobreviviente de la guerra y lo que está haciendo en forma tan detallada y con tanta concentración es para no pensar en el trauma que lo aqueja sin que nosotros lo hayamos leído. No está en el texto, pero lo percibimos en algunos detalles, en alguna frase tirada al azar, en el contexto o en el clima generado. En el otro relato, una pareja conversa en una estación de trenes mientras espera el expreso que  llevará a la protagonista a hacer algo que nunca se menciona en la historia. ¿Qué es? Se lo puede adivinar, está debajo de la superficie, dentro de la tensión de sus palabras, en alguna pista puesta al descuido. De esta manera, se exige a nuestra imaginación que trabaje el doble. Eso es lo provocativo en Hemingway, lo que hizo que los lectores, por lo menos los suyos, se convirtiesen en autores y que se interesasen en espiar por debajo del agua para ver qué es lo que está sosteniendo todo el relato. Podemos decir que Hemingway creó una nueva manera, no solo de escribir, sino también de leer. Es cierto que escribió novelas clásicas como París era una fiesta, Por quién doblan las campanas, Adiós a las armas y El viejo y el mar —por el que la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel en 1954— pero es en sus cuentos en donde está evidenciado en forma tajante su aporte vanguardista. Como todo creador de un nuevo estilo, tuvo muchos seguidores en cuanto a su estética minimalista. Grandes escritores como J.D. Salinger, William Yates, Raymond Carver y John Cheever se cuentan entre ellos. En Hemingway cada gesto, cada palabra de sus criaturas adquiere un simbolismo fundamental. Las conversaciones más triviales, las acciones más superfluas, los hechos más anodinos esconden por debajo una inquietud tan dramática que el clima se va haciendo insoportable a medida que avanza la trama. Todo el tiempo esperamos que algo suceda. Nada de eso ocurre. Esa es la magia del escritor de Illinois, no dice nada para decirlo todo. Teoría del iceberg, teoría de la omisión, teoría de la elipsis. De lejos, es decir si nos quedamos solo con la parte sobresaliente, solo veremos una pequeño pico de hielo, bello y minúsculo como un diamante. Nos quedaremos, por ejemplo, con las instrucciones amenas y didácticas de cómo se encarna el cebo para pescar truchas, o de escuchar la intrascendente y amable conversación de una pareja que está despidiéndose en una estación de trenes. Solo que muy por debajo de esta falsa teatralización, el hielo es monstruoso y denso, lo transparente es turbio, lo luminoso es opaco, el suelo tiembla desde su basamento y las miradas y gestos esconden el verdadero dramatismo de las cosas. Nada es lo que parece, nos dice el viejo Ernest, y nunca una sentencia es tan apropiada como para abordar su obra literaria. 

(Columna publicada en la Revista Qu Nro. 13 - Abril del 2015). 

No hay comentarios:

Publicar un comentario