Me desperté
de un sobresalto. Miré el reloj. Solo había pasado una hora. Luca seguía dormido y
se le escapaba de la boca un sonido tan desagradable que pensé que ése había
sido el motivo que hizo que me despertase. La radio había enmudecido y los ojos
brillantes, al final de la ruta, ya no estaban. Tenía ganas de orinar. Salí del
auto y caminé hasta el desaparrado círculo de árboles que se encontraba a la
izquierda de la ruta. Mientras lo hacía miré el cielo. No podía dejar de
maravillarme. Era increíble ver a la Vía Láctea como una columna vertebral
hecha de puntos movedizos. Hacía mucho frío y para calentarme empecé a caminar
alrededor de los árboles. No tenía muchas ganas de volver para seguir
escuchando los ronquidos de Luca. Me animé a ir un poco más allá, hasta un
promontorio rocoso. Si los faros del Chevy no hubiesen estado casi ciegos,
habría retomado la ruta en ese preciso momento, pero al no haber luna, el
paisaje era un pozo oscuro, lo único iluminado eran las estrellas, bastante
egoístas por cierto. Terminé el whisky de un último trago sin dejar de mirar la
indiferencia del cielo. La alcé hasta la altura de mis ojos y miré la luz del firmamento
a través de ella. Se distinguía, distorsionado, su fulgor frío, encerrado; un
fulgor frío encerrado en la botella. La arrojé contra el montículo de piedra.
El impacto fue feroz, casi surrealista. Parecía haberse destrozado parte del universo.
Es más, parecían haberse desparramado miles de estrellas en las arenas del
desierto. Me di cuenta de lo frágil que puede ser el mundo si se lo mira con
los ojos de Dios.
Me
senté en la base de uno de esos árboles tortuosos que llaman de Joshua y
encendí un Camel. No veía la hora de llegar a la casa de Lucy. Debería estar
desesperada, como decía Luca. Se había ido escapándose de mi padre y yo estaba
haciendo lo mismo, pero escapándome de una pandilla. Mi padre había muerto hacía
un mes. Mi hermana no lo sabía. Desde que se había ido a vivir con Tony me
había jurado no volver a verlo nunca más. Era cómico, el deseo se le había
cumplido sin que tuviera que realizar ningún esfuerzo de su parte. Esperaba
hacerle un poco de compañía, más cuando supe que Tony había caído preso y
estaba pudriéndose en la cárcel. Decidí quedarme sentado, en compañía del árbol
de Joshua, hasta que se me pasase el mareo. Echaba de menos un libro. Un libro
de relatos de Hemingway que me había regalado Lucy cuando cumplí dieciséis
años. No tuve tiempo de buscarlo y traerlo. Era lo único que extrañaba. En
especial aquel cuento en el que un teniente trata de recordar a todas las
personas que pasaron por su vida, para poder dormirse. Varias veces había hecho
el mismo intento. En mi caso no eran muchas las personas que podía enumerar
pero sí las suficientes como para dormirme a los pocos minutos. Mi padre, mi
madre, mi hermana, mis compañeros de la escuela —uno por uno—, de la fábrica —algunos—,
del barrio —todos—, de mis novias. No sé por qué siempre pensaba en ellas en
último lugar, pero para ese entonces, ya me había dormido. Noté que se me
estaban acalambrando las piernas y empecé a jugar con el Zipo que me había
“obsequiado” Luca la anteúltima vez que entró a una estación de servicio. Le
encantaba esos lugares. Para él eran una especie de parque de diversiones, con
todo a mano y sin el riesgo que implicaba los supermercados en donde había más
gente y, por supuesto, más vigilancia. No sé que pasó ésa última vez. No quiero
saber que había pasado allí adentro. Algún candidato a héroe le habrá obligado
a usar la navaja. Luca la llevaba más que nada para asustar. Pero ésa vez algo
pasó. Me di cuenta cuando salió caminando tranquilo. Tranquilo y pálido.
Nuestro
método era siempre el mismo. Luca salía corriendo y se subía al auto que yo ya lo
estaba carreteando a veinte kilómetros por hora. La adrenalina se respiraba en
el aire. Agitado no paraba de reírse y yo hacía lo mismo. Generalmente nos
corrían un par de metros, nos tiraban con algo, maldiciéndonos y recordándonos
a toda nuestra familia. Una vez dimos dos vueltas completas entre los
surtidores. En cada vuelta los empleados nos esperaban como toreros y se
apartaban cuando yo les pasaba cerca de sus piernas. Se producía un griterío
infernal y nosotros adentro no parábamos de reírnos. Pero, al parecer, esos
tiempos, como la inocencia, habían mutado a algo diferente.
El humo azul del
segundo cigarrillo que encendí se fundió con la galaxia. No somos más que eso, pensé,
humo. Volví al auto. Estaba a punto de amanecer. A lo lejos se veía una línea
amarilla. Hacía más frío y me costaba caminar. Hubiese dado cualquier cosa por
un café caliente, pero en el auto solo había golosinas y Luca durmiendo arriba
de un colchón de vidrio molido. Abrí la puerta, me senté y recordé el silencio
de la radio. Sin pensar le di arranque al motor, temiendo lo peor y, por suerte,
arrancó a los tres intentos. Aliviado volví a poner música, puse primera y, a los
tumbos, salí a la ruta. Luca seguía durmiendo. Por el espejo retrovisor volví a
ver los dos ojos brillantes que parecían vigilarme. Mientras estuve fumando no alcancé
a ver nada, al parecer se asomaba cuando estaba dentro del Chevy. Tal vez
quería decirme algo. Sentí un escalofrío, pero lo atribuí al viento que entraba
por la ventanilla rota de Luca. En la radio empezó a sonar Too many fish in the sea de The Marvelettes y todo pareció
mezclarse con una dosis de fatalidad. Los faros del Chevy iluminaban el
pavimento con una luz funeraria. Me costaba seguir adentro de la cinta
asfáltica y cada tanto pisaba la arena de la banquina. Estaba a punto de
amanecer. Luca estaba pálido y rígido. Parecía muerto. No me atreví a tocarlo, ni
siquiera para sacarle el arma de la mano. Pensé en abrir la puerta, empujarlo
al desierto y que se lo devore algún animal, quizás el mismo que me estuvo
vigilando. Luca sería la carnada perfecta, pero recordé el sonido a huesos
rotos debajo de las ruedas y se me revolvió el estómago. Quizás el de los ojos
brillantes era la pareja de lo que atropellé en la ruta. Podría ofrendarle a Luca
para evitar su vigilancia. En ese momento empezó a toser de nuevo. Tosió tanto
que parecía a punto de explotar. Cuando se calmó me miró con los ojos rojos y
húmedos.
—¿Ya llegamos?
—carraspeó y volvió a toser.
Subí el volumen de la
radio y las Marvelettes le contestaron a coro: Into each heart some tears must fall. Sabía que le estaría doliendo
la cabeza por la resaca, pero no realizó ningún ademán de querer bajar la
música. Lo que hizo fue sacar la cabeza por la ventanilla rota y vomitar todo
el flanco azul del Chevy.
Wanda
seguía con su canción y me sorprendí tarareando la letra, pero con una leve
variante. “Hay demasiados peces en este mar de arena”.
Demasiados,
para mi gusto, pensé, luego.
Because there’s too many fish in the sea
Too many fish in the sea.
I said, there’s short ones, tall ones, fines ones,
kind ones.
Too many fish in the sea.
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