miércoles, 3 de septiembre de 2014

LA SOMBRA DEL MISTERIO

Sami fue lo más real de ese viaje imaginario, a pesar de habernos dejado una postal de un lugar que no existe y una carta falsa de despedida. Sin embargo, y por absurdo que parezca, fue lo más real de esa travesía a ningún lugar que experimentamos ese día sábado. Nosotros habíamos hecho lo mismo: inventamos lugares, una carta de despedida y un itinerario trazado en un mapa como disparador para nuestra imaginación. Solo que Sami apareció de dos maneras extrañas en nuestra vida real: a través de una postal entregada en tus propias manos (¿te acordás de su rostro, de su mirada?) y una carta cerrada y escrita con su letra que llegó hasta mí de pura casualidad.
Una desconsolada carta de despedida y una postal que describía un lugar de fantasía, fueron sus dos ofrendas. Es como si ella, al haberte dado su postal, sabía que ambas cosas, su tarjeta y su carta, se iban a ir juntas. Por eso te la dio sin conocerte, sabía que una fuerza misteriosa iba a depositar su otro testimonio —la carta de despedida— en mis manos. Fue entonces que sus dos textos fueron mecidos por la marea de lo inexplicable y se depositaron como hojas otoñales en nuestras palmas. 
De eso hablamos en Le Pain Quotidien, después de salir del ciclo de escritura creativa del Rojas, de un vuelo que nos había llevado hasta lo alto de un cielo despejado y despojado de realidad y nos hizo aterrizar en pleno edificio del Centro Cultural de la Avenida Corrientes.
La idea era provocativa: ser partícipes de una experiencia de escritura llamada “Bosquejos”, es decir la exposición de una idea, el primer diseño de un proyecto. Imaginar un viaje, escribir en un cuaderno Gloria de tapas blandas lo que se nos viniera en mente —de acuerdo a consignas dichas en voz alta por los promotores del evento—, escribir una carta de despedida del lugar en donde estaríamos antes de iniciar el viaje y dejarla en manos de los coordinadores. Ellos se harían cargo de repartirla azarosamente entre la treintena de personas que concurrimos para dar rienda suelta a nuestra creatividad.
Por último, escribir una postal de aquel lugar adonde habíamos llegado con la imaginación.
Vos te imaginaste y me escribiste desde una playa infinita, con un mar sin fondo y sembrado de palabras que esperaban ser descubiertas. Fantaseaste que era de noche, que estabas en la playa, al borde de un océano nocturno. “En esta noche llena de estrellas sostengo un libro en las manos pero no puedo leerlo. El ruido del mar me desconcentra y, a la vez, me anuncia que vendrá una misteriosa criatura traída por la lluvia”. Eso decías en la postal que gentilmente me diste desde un lugar cercano —estabas al lado mío— pero que en realidad se suponía que tendrías que haberla enviado desde kilómetros y kilómetros de distancia. Esa misteriosa criatura, ¿sería Sami?
A su vez yo te había escrito mi postal desde un lugar tropical, mientras miraba los torrentes mágicos de agua, y el sol que aparecía y desaparecía en una selva esmeralda..
Horas después, en la mesa del restaurante, leo la carta de despedida de Sami en voz alta para que escuches. “Tanto me había costado encontrarte y ahora decidí dejarte”. Así empieza. Y uno se pregunta si ella se refiere a su querida casa, como dice al principio, o a otra cosa. “Siempre te voy a recordar porque el pasado no se vuelca como un vaso y desaparece” sigue más adelante. Y más adelante todavía: “Te pido perdón por todos los días que te quise tirar por la ventana, pero el amor es así”. Claro, uno a veces quiere tirar la casa por la ventana, no así a las personas, eso creo yo, eso creés vos. La carta está dirigida a una casa, su casa. Y se pregunta: “¿Es ridículo escribir a una casa?”. Y tanto vos como yo estamos de acuerdo en que no es nada ridículo, más aún cuando aprendimos que todas las cosas tienen un aura, ¿cómo no lo iba a tener una casa? Y de eso sabía mucho Mujica Láinez. Para él todos los objetos exhalan suspiros que hay que saber escuchar. Y una casa tiene cientos de ellos; un huracán calmo y silencioso que nos despeina sin que nos demos cuenta.
Y sigue diciendo Sami: “Que pena no poder ser una tortuga y llevar la casa conmigo”. Y luego nos anuncia, de manera dramática, su escepticismo y su pérdida: “No hay más futuro para mí acá. Nunca creí en el Paraíso. Mi vida es una bolsa de ropa sucia”.
Sami se despidió con dolor de una casa imaginaria y yo leí, leímos, su sentimiento de derrota al dejarla. “Chau casa, ya no sos más mía”, se despide al final.
No nos molestaban los chirridos de mesas y sillas corriéndose del bar, ni las voces que tapaban todo como una cortina de ruido blanco. Nos interesaba la historia de Sami que había caído misteriosamente en nuestras manos. Nuestra amiga real e imaginaria dejó su casa, nos dejó una carta, nos dejó una postal y desapareció entre las miles de personas que deambulan por toda la ciudad. Pienso que aunque se nos apareciese en ese preciso momento, al lado nuestro, en una mesa contigua de Le Pain, no la reconoceríamos, por lo menos yo.
¿Nos cruzaremos algún día con ella? ¿Ella se acordará, si se presenta esa oportunidad, de que nos dejó una carta y una postal firmada con su nombre? ¿Habrá dejado su casa finalmente?

Terminamos de comer la tabla oriental y de tomar la cerveza Patagonia y salimos de Le Pain Quotidien. Afuera estaba helando. Las sombras de los edificios apagaban las veredas haciéndolas más frías y desangeladas. Caminamos enfrentando el viento polar. Vos con tu gorro de lana marrón, yo, como podía. Nos sumergimos adentro del auto. El viaje de vuelta no era imaginario, era real. La Avenida Libertador era real. El Monumento a los españoles era real. Vos eras real, al igual que yo. Sami ¿lo era? En algún punto del espacio, sí. En la memoria también. Pero se esfumaba en la carta doblada en dos que llevaba conmigo y en una postal, con la silueta de Sudamérica, que llevabas contigo. 
En esos retazos de papel no era Sami, era un bosquejo que solo puede vivir en nuestra imaginación como una sombra misteriosa.


lunes, 1 de septiembre de 2014

UNA LLUVIA POÉTICA

“Todo terminó con agua de lluvia”. Una lluvia inesperada, impensable, que iba y venía, amagando con despedirse o quedarse. Parecía estar a la expectativa, acechando desde un cielo blanco de luces céntricas, esperando que salgamos a enfrentarla, a desafiarla. 
Cada tanto parecía dar una tregua para luego volver, de hecho lo hizo en el preciso momento en que pusimos un pie en la vereda del Bar Iberia, en plena Avenida de Mayo. “La Esquina que siempre fue historia”, dice el slogan en tipografía eduardiana que se disemina por todas las mesas en servilletas de papel.
Pero tendríamos que retroceder unas cuantas horas antes de llegar a ese aguacero de sábado por la noche que nos empapó con una suavidad extraña. Retroceder un día, irnos hasta el día viernes con su poemario español que viene semanalmente de la mano de una romántica de las letras.
Habíamos empezado el viernes a la tarde con la poesía de la península ibérica y terminamos el sábado a la noche en un sitio que tiene el nombre de su línea aérea de bandera. ¿Casualidad? A esta altura, ya no creo en casualidades sino en causalidades.
Como te dije antes, empezamos este itinerario el día viernes, sentados a la mesa que corre paralela a la calle Virrey Arredondo — ¿sabías que el Virrey de la Corona Española fue el que empedró gran parte de las calles de Buenos Aires?— con un intercambio particular: unas hojas impresas de Petrarca, de Manrique, de Calderón de la Barca y de Garcilaso por unos bombones Ferrero Rocher envueltos en papel metalizado. Al no funcionar mi impresora, te había pedido que me las imprimieras a cambio de unos bombones. Oro por oro, te había dicho, y así fue. Siglo de Oro por bombones dorados. Un trato justo y, diría, deslumbrante.
Con la llegada de Adriana aparecieron sobre la mesa los términos como Locus Amoenus, las pastorales y las égoglas. Y nos enteramos de que no existen égoglas felices, que las pastorales pecaban de artificiales y que el Locus Amoneus es el lugar ameno e ideal de la naturaleza. No sé si el Café Van Gogh tiene algo de naturaleza en su decoración, pero sí es un lugar ameno. Creo que a partir de las clases de los viernes se convirtió en nuestro Locus Amoenus en pleno corazón de Belgrano. Para Adriana, para vos y para mí.
Después de escuchar a Calderón de la Barca y sus famosos versos: “¿Qué es la vida? Un frenesí ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, hicimos tiempo para ir en busca de otra ficción, de otra ilusión y de otras sombras en una pantalla de tela blanca en donde nos reclinaríamos a ver un frenesí de imágenes violentas. Porque eso es lo que pensábamos antes de ir al cine: estar dispuestos a presenciar seis relatos salvajes. ¿La ley de la selva? ¿La explosión de una violencia oculta por haber sido excluidos del Locus Amoenus?, porque, en definitiva es eso: descubrir en esos relatos salvajes la catarsis llevada al extremo como una purificación emocional y violenta. Todos podemos reaccionar mal si nos sacan de nuestro círculo ameno de confort, de comodidad, de previsibilidad. Les pasó a todos los personajes de la película. Los sacaron a la fuerza de su lugar ameno. Reaccionaron. Así les fue. Terminaron como los héroes de las tragedias griegas: lastimados, magullados, humillados, incluso muertos. Justamente lo que decía Ovidio en Las Metamorfosis. Para él el Locus Amoneus no era el Edén concebido por un Dios compasivo para sus criaturas inocentes y virginales, y en esto Szifrón parece coincidir con el poeta romano, sino todo lo contrario, era el terreno en donde se producen las agresiones más violentas. Eso es lo que suponíamos. Eso es lo que vimos minutos después, claro que luego de cambiar de cine porque en el Multiplex, nuestro primer intento, había una cola de media cuadra para sacar entradas. Por eso optamos por el Arteplex. Cambiamos el Multi por el Arte. Una buena decisión. Siempre es bueno apostar por el arte. Y apostamos a ese cambio de prefijo con otra espera que matizamos con cerveza rubia. Habíamos empezado con el color dorado, así que estábamos en la buena senda. A las diez y diez nos sumergimos en una sala ocupada a medias. Insólito si pensamos que los otros complejos, que distaban solo una quince cuadras de distancia, deberían estar llenos. Al parecer Belgrano termina en Juramento y Mendoza.
Vimos la película. Padecimos con los sufrimientos de los actores. Nos horrorizamos con algunas escenas truculentas y nos reímos con otras totalmente delirantes. “Nos ahogamos en el destello de sus imágenes, por momentos las creemos reales, ellas brotan como el delirio causado por una fiebre incurable”. Esto es parte de la poesía que ibas a recitar un día después, pero no nos adelantemos a los hechos.
En fin, Relatos Salvajes se va a convertir en la película del año con justa razón. Muestra el lado oculto del ser humano, tan íntimo y tan ajeno. Es una montaña rusa en donde casi siempre estás cayendo. Pura adrenalina, lejos del lugar ameno de Garcilaso de la Vega en donde “el sol tiende los rayos de su lumbre por montes y por valles, despertando las aves y animales y la gente” y cerca del terrorífico escenario de Ovidio.
Ahora bien, después de las doce de la noche del día viernes, ya era sábado. Un día muy especial. Un día de lectura en el lejano oeste de la provincia, otro Locus Amoenus, aunque en este caso estaría más cerca del de Shakespeare, aquel que está en los límites, el misterioso, el femenino, el que aparece en “Sueños de una Noche de Verano”.
Al final de la tarde del día sábado nos esperaba Haedo, casi al final de la avenida más larga del mundo. Y nos esperaba Yatay, una librería con el nombre de la batalla de la Triple Alianza o, si no queremos apelar a la violencia —ya habíamos visto demasiada en la película de Szifrón—, el nombre de una palmera gigante que crece en Entre Ríos y Uruguay, de hecho es la silueta que acompaña el nombre de la librería.
Te esperaba una tarde de lectura. Tus poemas estaban a flor de labios. Elegiste cuatro que podrían resumirse así —y en el orden que habías elegido—: DESEO el VÉRTIGO en LA MIRADA y en los LATIDOS. Cuatro poemas. El quinto no estaba en los planes, se incorporó a último momento y mejor así porque no logro hacerlo entrar en la frase anterior, produce DIVERGENCIAS en la oración. No sé si deseabas el vértigo, pero algo de eso habrás sentido antes de encaminarte hacia los micrófonos que te esperaban altivos con su presencia intimidante. Quizás hayas pensado en algunos frases de tu poesía: "Trato de inventar mi camino mientras avanzo, de idear cada piedra debajo de mis pisadas".
Llegamos antes de tiempo a pesar de ser un viaje largo. Avenida Cabildo, Puente Saavedra, Avenida General Paz, Liniers y Avenida Rivadavia hasta Haedo, partido de Morón. Desfilaron el Dot a nuestra izquierda, los tanques abandonados de San Martín a nuestra derecha, Villa Urquiza a nuestra izquierda —¿o debo decir el laberinto?—, y toda la línea férrea a nuestra izquierda que nos acompañó durante la mitad del viaje en una visión omnipresente. Al llegar, había transcurrido media hora del comienzo pautado a las 17. Nos encontramos con María, Mirtha y los mates de Nuria. Había tiempo de ver las joyas literarias que la directora de la revista Qu, había preparado en el primer piso. Ediciones del 40, del 50, incluso de principios de siglo XX. Flaubert, Croce, Dumas y un largo etcétera estaban a la venta. Te gustó un libro de Flaubert, a mí me gustó el título de un capítulo de Croce: “La sombra del Misterio”. Que buen título para un cuento, te comenté. Bajamos. Esperamos. Esperaste. Y llegó tu hora. No en el sentido drástico que uno quiera imponerle a dicha sentencia sino en el opuesto, el de liberar tu arte en medio de anaqueles con libros de Lope de Vega, Milan Kundera, Roberto Arlt y Herman Hesse.
Y te luciste. Con toda la poesía del Siglo de Oro y los Rocher dorados en tu mochila, brillaste como un sol inca. Y lograste el aura del que habla Benjamin. El aura que poseen todas las piezas artísticas. Porque lo tuyo fue arte. Arte oral como lo fue al principio de los tiempos, cuando las historias venían en formato sonoro. Solo faltaba una fogata y unos bisontes coloreados en ocres y rojos en las paredes. Arte aurático que se dispersó en la atmósfera de Yatay, y que corrió como sangre aurífera por todo el largo de la Avenida Rivadavia.
Luego de semejante transfusión de plasma poético teníamos que volver. Retroceder hasta el principio, es decir desde donde empecé esta crónica. Hasta el Bar Iberia, “La Esquina que siempre fue historia”. Creo que de alguna manera estas pequeñas historias nuestras ya son parte de la gran historia humana, por lo que una vez adentro de ese bar, y con ese slogan tan particular, estaríamos construyendo una historia enmarcada. Cajas chinas. Mamushkas rusas, pero dejemos China y Rusia de lado. Estamos en Iberia. Un nombre ya conocido por los griegos. No precisamente por su flota aérea sino porque así llamaban a la península en los días en que España era Hispania. Casualmente estábamos en Avenida de Mayo y Salta, la esquina de la Hispanidad.
Terminamos el día escuchando temas de Manuel Moreira y su banda de músicos en un ambiente muy al estilo del Locus Amoenus del Van Gogh.
“Todo terminó con agua de lluvia”. Así empecé esta historia. Así termina.
Al salir, luego de una pausa celestialmente planificada, empezó a llover de nuevo. Nos mojamos, no mucho, pero sí lo suficiente como para sospechar que no fue una lluvia cualquiera. Había algo de bendición en esa dulzura con olor a nube, algo de corolario perfecto para una jornada perfecta que duró más de veinticuatro horas. Una lluvia poética. Un bálsamo para saber que estábamos vivos y que todo lo que pasó fue real. Toda la vida es sueño, dijo Calderón de la Barca. También dijo que los sueños, sueños son.
La lluvia vino a despejarnos esa duda. Nada de eso fue un sueño. Fue la vida misma. ¿O acaso en un sueño podemos sentir la piel húmeda? 

sábado, 23 de agosto de 2014

FLAMENCO EN LA BELLE ÉPOQUE

Fueron tres actos. Tres actos separados por espacios de tiempo tan importantes como los actos en sí. El espacio que medió entre la poesía y la gastronomía y el espacio que hubo entre el Restaurant La Belle Époque y el Espacio Colette en el Paseo La Plaza. Fue una rara mezcla entre la Ciudad Luz y la mediterránea Andalucía. Entre una bella época en donde proliferaron los cafés parisinos, los boulevards floridos y las galerías de arte —muy parecido al ambiente sinuoso y arbolado en donde nos sentamos a cenar— y la cuna de Manuel de Falla. 
“La pluma y lengua, respondiendo a coros, quiere al cielo espléndido subiros, donde están los espíritus más puros; que entre tales riquezas y tesoros, mis lágrimas, mis versos, mis suspiros, de olvido y tiempo vivirán seguros”. Eso nos dijo Lope de Vega en el Café Van Gogh a través de su pluma y su lengua silenciosa, interpretada por nuestra santa cruz, es decir, Adriana. Nos los dijo Lope de Vega en un ambiente con nombre de un pintor francés. Van Gogh, junto a Colette, fueron habitantes de la Belle Époque, de ese espacio explosivo de estéticas que estuvo también presente entre nosotros antes y durante la cena. 
Los actos fueron españoles. Los espacios, entre uno y otro, fueron franceses. Nosotros, seguramente con algo de sangre ibérica en las venas, podemos ser descendientes, aunque sea cultural, tanto de uno como de otro. 
El primer acto fue el de las letras, con la poesía de Federico García Lorca y Lope de Vega, con sus romances sobre la levedad de la vida y la idea del amor eterno, con el rocío quemándose en la encendida rosa y las ofrendas a una tal Lucinda de un alma, un corazón y una vida. Viernes de poesía barroca en un café de nombre francés; nuestro primer acto. Y entre éste y el segundo nos sentamos, horas después, en el Restaurante La Belle Époque en el Paseo La Plaza. Un lugar circular con mesas iluminadas con pequeñas velas en globos de vidrio, un par de árboles frutales a tus espaldas y un suelo adoquinado en donde apoyaste tu mochila llena de libros. No miramos demasiado tiempo el menú, elegiste una comida típicamente española: rabas. No podía ser de otra manera, después de escuchar los Romances de Lorca y esperando ver un espectáculo de baile flamenco, se sobreentendía que nuestra cena tendría que ser unas tapas que bien podíamos estar saboreando en las riberas del Mediterráneo. 
Las rabas vinieron cómodas y relajadas en un colchón de lechuga. La cerveza no fue Heineken sino Stella. Pasamos de Francia al País Vasco, eso sí, sin dejar de estar sentados en la tierra y en la época de Van Gogh y de Colette. Como siempre, hablamos de todo un poco, mientras detrás de mí una pareja merendaba  capuchinos a las nueve de la noche. Cada tanto soplaba una leve brisa templada, ¿sería del océano? Y recuerdo que eso fue lo que te propuse a modo de paseo: que después de las rabas podríamos ir a caminar por la orilla del mar, por la arena espejada de luna, solo que a escasos metros de donde estábamos se encontraba la Avenida Corrientes. No parecíamos turistas como en San Telmo, parecíamos veraneantes en alguna costa lejana. ¿Del Mar Mediterráneo que baña a Francia, o a España? ¿Del Océano Atlántico que besa a Francia, o a España? No me imaginaba a nuestro Atlántico que muerde con su salmuera la terrosa dulzura del Río de la Plata, había demasiadas señales galas y españolas alrededor. 
Y llegó el tiempo de dejar atrás La Belle Époque, de abandonar el segundo acto de calamares dorados en pos del siguiente intervalo. Como decía Lorca: “y las estrellas avanzan mientras los aires se van”, eso hicimos; avanzamos como las estrellas hacia el Espacio Colette, sublime escritora condecorada con La Legión de Honor y entusiasta lectora de Balzac, Proust y Flaubert. Allí, en las escaleras, nos detuvimos, a la espera de que los cortinados negros del teatro se abriesen. Y cuando lo hicimos, es decir, cuando dejamos atrás el segundo y último intervalo y llegamos al tercer acto, el del cante jondo y la música de Flandes, ya estábamos palpitando la sangre gitana. 
Una mesa circular nos detuvo a poca distancia de donde se iba a interpretar “Arriando el Sino”. Cuadros de ramas y hojas interrumpían el bordó de las paredes. El escenario, con un leve matiz oscuro, imponía su desnudez, su enigmática presencia. Un imprevisible tablado en donde, en pocos minutos más, sus listones de madera temblarían y absorberían el ruido de taconeos y castañuelas. Y de pronto, el Espacio Colette se transformó en un Café Cantante, esos sombríos locales nocturnos de una España antigua en donde se bebía, se cantaba y se acompañaba con palmas a las bailarinas de otras épocas; engalanadas con sus ropas ceñidas de colores explosivos como el violeta, el rojo o el turquesa, sus abanicos de encaje y sus compañeros de riguroso traje negro, camisa blanca y zapatos borroneados por el movimiento.
Y fuimos viajeros en el tiempo y en el espacio. Pasamos de un país a otro, de un siglo a otro, de un murmullo a un estruendo, de un mirarse a un mirar, de un escucharse a un escuchar. Y todo fue adquiriendo consistencia de noche aterciopelada, de esas que son tan nuestras, tan perfectas, mejores que otras pasadas pero no de otras por venir. Y el flamenco se pegó a nuestra piel en forma de punteos de cuerdas españolas, de gargantas cascadas, de lamentos por un amor perdido, de arrebatos de sincera emoción; la misma que arrancaba aplausos y gritos desde una sala colmada de almas que por un momento, y como la nuestra, se tiñeron de amarillo y rojo. Veníamos del rojo, del blanco y del azul. Quizás lo mejor hubiera sido mezclarlos todos y volver impregnados con ese color insólito; o creernos habitantes de la Isla de los Faisanes, ese pequeño islote fluvial en donde Francia y España comparten su nacionalidad, sus banderas y sus idiomas. No tiene habitantes. Nosotros podríamos ser los primeros. Ni españoles, ni franceses. Nos podríamos convertir en los primeros colonos de dicho islote, para no entrar en crisis, para no marearnos con tantos colores primarios, para no elegir uno por sobre el otro. Los primeros habitantes en una zona casi inexistente. No te olvides que la isla de Utopía no existía más que en la imaginación de Tomás Moro. Nada hace suponer que no fuéramos capaces de inventar un nuevo país, un nuevo paño de colores, un nuevo lenguaje y una nueva manera de atesorar la vida. “Para vivir me basta desearos, para ser venturoso, conoceros”, dijo Lope de Vega hablando a un amor idealizado. Bien podríamos pensar nosotros, utilizando esas mismas palabras, en esos momentos impares que van apareciendo a nuestro alrededor como estrellas fugaces. 
Este fue uno de ellos, un retazo único en su unicidad, único en su originalidad, único en su significado. Único y exclusivo. Tan único y exclusivo como podríamos sentirnos al vivir en la Isla de Los Faisanes en donde no existe nada más que el deseo de algo ideal, distintivo y excepcional.

domingo, 17 de agosto de 2014

CARPE DIEM EN SAN TELMO

Tus ojos se abrieron asombrados cuando por detrás escuchaste —escuchamos— las primeras estrofas de Nostalgia. Cuando hiciste el ademán imperceptible para que prestara atención al tango de Enrique Cadícamo, la voz potente de la cantante, que había entrado al Bar La Poesía apelando a la buena voluntad de la gente, inundaba todos los recovecos de ese almacén de arrabal convertido en un lugar de encuentro en pleno Barrio de San Telmo. Llegamos hasta ahí, como de costumbre: plano de la ciudad de por medio, con un par de giros inesperados y algunas preguntas informativas. “Es gracioso, parecemos dos turistas en nuestra propia ciudad”, te dije cuando mirabas el ínfimo trazado de tu guía de calles a la luz de neón de un farol de la esquina. Y, de alguna manera, eso hace que nuestros paseos sean más interesantes. Nos movemos por lugares turísticos y nos mimetizamos con ellos, somos dos personas buscando un lugar en donde poder estar tranquilos para conversar y, a veces, se necesita un plano para hallarlos.
Mientras la mujer morena, apoyada en su bastón, desplegaba su: “quiero emborrachar mi corazón”, en nuestra mesa ya se había consumido parte de la Heineken, parte de las hamburguesas caseras de 300 gramos y parte de las papas fritas que no terminaban de enfriarse nunca. Era un tango triste de desconsuelo que no podía corroer la atmósfera que nos separaba del resto de los comensales; ese microclima que nos construimos y nos resguarda como si fuese una cúpula de luciente cristal.
No estábamos desconsolados, no estábamos angustiados, no estábamos tristes; al contrario, por lo que solo algunas frases de la mujer morena podrían tapizar nuestra mesa de madera como si fuese un mantel de malos recuerdos. “Quiero por los dos mi copa alzar” podría haber sido una de esas frases, exentas de sentido trágico, que nuestra amiga cantante podría habernos dedicado a nosotros. Pero vos y yo ya habíamos entrechocado los vasos y lo habíamos hecho por la poesía. Fue una noche de poesía.
Habíamos comenzado más temprano, en el Café Van Gogh, con la lectura de los poetas del Siglo de Oro español y terminamos en un bar acorde: La Poesía de San Telmo, con la intención de asistir a un homenaje al poeta González Tuñón. No fue posible. Cuando llegamos, el lugar estaba desbordado, por lo que, a pesar de haber estado en horario, tuvimos que dejarlo para otra ocasión. Por eso la cena en el espacio adyacente al Bar. Cambiamos a Tuñón por un par de hamburguesas con papas, pero como una cosa trae a la otra, el autor de La Rosa Blindada nos remitió a otras rosas. Y por eso podría agregar que nuestra noche no solo fue de poesía sino también de rosas, cuando nuestro itinerario comenzó a delinearse en el Van Gogh de Palermo, mientras estudiábamos, con nuestra profesora estrella, a los poetas barrocos y renacentistas. Su alusión al Carpe Diem, tan en boga en la época de Góngora, Quevedo y Garcilaso y su sentencia de  “aprovecha el día”, que  pregonaban a modo de súplica, nos provocó seguir en esa senda. ¿Los símbolos utilizados en sus sonetos? La Belleza Femenina y La Rosa.
“Aprovecha el día” significa también aprovecha el momento, el minuto, el segundo como lo hacíamos nosotros en ese lugar, cercano al Río de la Plata, en el que habíamos desembarcado ya entrada la noche.
Y como de rosas se trata, la segunda que se había develado en esa tarde precedente y crepuscular fue una rosa sanguínea como una herida mortal, en forma de pimpollos nacarados que florecía en el estómago de Juan, el protagonista de un cuento que tuve el privilegio de leerte entre las mesas de Palermo, cuando habíamos dejado al Siglo de Oro atrás, cuando habíamos vuelto al presente y nos pudimos trasladar, por obra y gracia de la imaginación, a los caminos desérticos de un lugar indeterminado en donde dos fugitivos, víctimas de un accidente en plena ruta, se declaraban su amor. No era ésta una rosa blindada como la de Tuñón, era una que se deshojaba en pétalos de sangre oscura y silenciosa; una flor efímera como la de Quevedo y Góngora; una floración que nacía y moría casi al mismo tiempo, matando a su huésped, matando al protagonista con espinas mortales, como las que mataron al ruiseñor de Oscar Wilde. Una rosa tan bella como mortal, tan viscosa y aterciopelada como el kétchup que te veo desparramar en tu plato.
Pero dejemos atrás a Juan y a Kitty desangrándose de amor en un cuento con final abierto. Volvamos a nuestro refugio poético. Volvamos a la voz grave de nuestra cantante morena que sigue entonando frases como ésta: “desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud”. Y como todo siempre parece cerrar con la perfección de un cosmos divino, vuelve a aparecer el Carpe Diem y su “aprovecha el día”. Aprovecha la flor de la juventud, parece decir esa voz que se disemina entre los frascos antiguos, los adornos vidriados y tu pelo cada vez más incandescente y luminoso.
La cantante de tango se personifica por un instante en la lírica de Cadícamo; Cadícamo, alude indirectamente a la idea del Carpe Diem del Siglo de Oro español que, a su vez, remite a la Rosa Blindada de Tuñón y, por secreta y humilde analogía, a la rosa líquida de mi relato sobre Juan.
Por eso te digo que fue una noche de poesía y rosas. Rosas y poesía. Nada más apropiado.
Nos volvimos caminando por las angostas veredas de San Telmo, por la calle Defensa, brillante de adoquines, y con la pirámide de Mayo de un blanco luna recortada al fondo, como si fuese una postal escolar. No pudimos asistir al homenaje a Tuñón, pero creo que a él le hubiese emocionado saber que nos rodeamos de poesías y de rosas, de una secreta sed de sentirnos acompañados en un mundo tan poco renacentista, yo de vos, vos de mí y de percibir el brillo azulado del Fuego de San Telmo en el reflejo de uno en el otro como si fuésemos una rosa espejada.
Carpe Diem. Aprovecha el día. Lo dijo el poeta romano Horacio hace miles de años.

Y eso fue lo que hicimos.

martes, 12 de agosto de 2014

EL LABERINTO DE VILLA URQUIZA



“Por el azar”. Brindamos por el azar. En realidad yo dije brindemos y vos dijiste: “por el azar”, y me pareció bien. Entrechocamos nuestros vasos de cerveza rubia y luego la bebimos de a sorbos. La frase “por el azar” quedó dando vueltas en el aire. Y eso me remontó a una serie de sucesos que nos hicieron desembocar en un lugar al que no habíamos planeado ir. Después de las eternas esperas en Tea Connection, después del test que te hice como un juego en el que tu niñez es frondosa, tu felicidad un cuentos de hadas y tu amor transparente como una copa, había dicho, mientras me ajustaba el cinturón de seguridad y enfilaba por Juramento: “bueno, vamos rumbo a lo desconocido”. Y, en cierta medida, fue algo a lo que nos habíamos predispuestos a realizar. Villa Urquiza se transformó en ese mundo desconocido, con calles cortadas, con desvíos impensados y con el desconocimiento total de mi parte por el lugar en el que transitábamos. Ni siquiera una agente de policía de tránsito pudo darnos una orientación de en donde estaba la calle Triunvirato. Aunque muchas veces ocurre lo mismo, nadie sabe indicarte en donde estás parado. ¿Por qué tenía anotada mal la dirección? ¿Por qué 444, en lugar de 4444? ¿Adónde había ido a parar ese 4 faltante? Aclaro que en la Cábala el 4 representa la memoria (¡qué coincidencia!) y las 4 direcciones (y eso hicimos, nos desorientamos en las 4 direcciones posibles). ¿Por qué no pregunté directamente por el Teatro? ¿Por qué doblé para buscar una numeración que de antemano a vos ya te parecía absurda?
Brindamos por el azar. Una condición que se aparta de la previsibilidad, de la seguridad, de lo establecido, de la rutina. Nos movimos por puro azar y, por puro azar, terminamos cenando a muy pocas cuadras de tu casa. Durante el viaje hiciste una llamada al teatro que nunca fue contestada y una llamada a Adriana que nos indicó de manera correcta el lugar al que debíamos ir, pero claro, en ese momento estábamos lindando, por puro azar, los muros del Cementerio de Chacarita. Los minutos pasaban y la función de las 20 ya había empezado. Me detuve en tres lugares para preguntar infructuosamente. El azar nos llevaba de un lado al otro como un bote a la deriva. Hasta que al fin llegamos. Con una película empezada hacía unos veinte minutos no era conveniente entrar a verla. Nos volvimos. Me sentía desanimado por no haber llegado a tiempo, por no haber complacido una hermosa idea tuya de ver una película italiana. Podría decir que fue el azar, y fue por eso que después brindamos con la convicción de que fuimos rehenes de su proceso totalmente aleatorio y espontáneo. Un azar ontológico, el que cada uno de nosotros lleva incluido dentro de su propia existencia. De pronto, Villa Urquiza se transformó en un laberinto borgeano; el laberinto de Creta. Llamaste a Adriana para que nos diera el hilo conductor. (Adriana-Ariadna). Un sugestivo anagrama que ya nos decía que estábamos en las puertas del laberinto de Dédalo. ¿Estaría el Minotauro adentro del cine 25 de Mayo?
Todo esto viene a cuento por lo que te había comentado en Kentucky: cualquier situación puede ser narrada como lo hace Karl Ove Knausgard sobre su vida en particular que, de alguna manera, abarca a todas las vidas en general. Y otra vez Borges y su famosa frase: “un hombre es todos los hombres”.
“La Grande Belleza” la podremos ver en otra ocasión o conseguir el DVD, pero ese brindis azaroso disparó esta pequeña historia que compartimos juntos, y esto no podría haberlo escrito si no nos hubiésemos “perdido” por obra y gracia del azar en las empedradas calles de Villa Urquiza. El azar nos hizo perder una película pero, a mí por lo menos, me llevó a sentirme a gusto en esa burbuja que siempre construimos alrededor nuestro, mientras desesperezabas con tu voz algunos versos de Miguel Hernández, algunas anécdotas de Diana Bellessi, algunas reflexiones y muchos proyectos.
Entonces, y para terminar, nunca tan bien acertado tu brindis: “Por el azar” como broche dorado de un viaje imprevisible.


PD: No te olvides que entramos en el mes de Augusto en que todo lo que nace será brillante y bienaventurado. Ayer fue una escapatoria. Entramos a un laberinto y pudimos salir. Según Borges todos los que entran a uno de ellos salen muertos o heridos. Yo me atrevería a una más: se puede salir ileso y radiante. 

martes, 4 de marzo de 2014

EL SUEÑO DE JULIA

 ¿Dejarás que el sauce llorón venga a envolverme con sus ramas
¿Podrá el maestro de la nieve quebrarme?
¿Podrá desbloquear mi mente?
¿Me atraparán esos pasos que vienen?
¿De verdad estoy muriendo?
                                                                                                   
(Julia dream)
Pink Floyd




Julia esperó otro bombardeo de luz. En ese momento, la oscuridad, la densa y palpable oscuridad, parecía tan sólida que creía estar frente a un muro de carbón, y que ese muro estaba a escasos centímetros de su nariz, vidrio mediante. Pero no existía barrera alguna entre ella y la vastedad del campo. Allá afuera había una llanura que se metía de lleno en sus pupilas cada vez que las ramificaciones de un rayo se desperezaban en el aire.
La espera finalizó cuando de golpe se blanqueó nuevamente el paisaje y sus ojos se iluminaron de fuego eléctrico, como sus mejillas transpiradas, como su frente virgen de arrugas, como sus labios agrietados por la fiebre. Tenía mucha sed y se imaginó salir a la pradera, quedarse parada, presa de la noche, apretada de sombras, y aguardar a que cayeran las primeras gotas de lluvia. Levantaría la cabeza y abriría la boca; sacaría la lengua y dejaría que la dulzura exprimida de esas nubes le tamborileara su rugosidad.
Ardía de sed, ardía de libertad, y ese ardor que veía en el cielo, con esporádica frecuencia, parecía imitarla y decirle: “yo también estoy ardiendo, yo también me retuerzo de calor, yo también tengo tanta sed que bebo de las nubes rebosantes de lluvia con tanta desesperación que se desparrama el agua hacia el suelo por entre mis cientos de bocas que van bebiendo de este cielo seco”.
Se sonreía imaginando al cielo con bocas, miles de ellas, chupando las nubes, mordisqueando sus bordes redondeados hasta hacerlas explotar de frío frescor.
Hubo otro brote de luz y algo apareció en medio del campo infinito. Fue un par de segundos pero le bastó para comprender que “eso” que estaba allí la miraba. Instintivamente apartó su cara de la ventana que condensó una bocanada de aire tibio y empañó su visión de la oscuridad. Se pasó la lengua por los labios, se formaron nuevas gotitas en su frente y ahora no sabía si quería esperar otro relámpago. No sabía si quería volver a ver la llanura blanca porque ahora "algo" había allí. No sabía qué, pero era una presencia que, oculta por la oscuridad, parecía vigilarla. 
Escuchó un golpe, suave, casi imperceptible, como un latido. Empezó a llover. Lo supuso porque allá afuera nada se veía. Se escuchó una ráfaga de viento y también lo supuso porque allá afuera nada se movía.
Se volvió a acostar en la cama y se tapó hasta que las sábanas le cubrieron la nariz. Hubo otro relámpago y agradeció no haber estado asomada a la ventana. Ese segundo  destello hizo que viera, por segundos, el techo, la lámpara que colgaba de él —inservible por la ausencia de corriente eléctrica— y las paredes sin revocar, sin pintar, sin decorar de su habitación.
Después del resplandor vino el crepitar; un crujido seco y, luego, el retumbar cada vez más lejano en el campo llano.
Quiso levantarse y asomar sus ojos otra vez por la ventana, pero eran solo deseos, porque se dio cuenta de que estaba aterrada. Los temblores no eran por la fiebre, ¿o sí? No eran por la enfermedad que le dijeron que tenía y de la que no se acordaba su nombre, ¿o sí? Eran por “eso” que estaba afuera. ¿Y si se estaba acercando? ¿Y si se estaba deslizando hasta su ventana? ¿Qué clase de valor tenía para no querer ver lo que estaba ocurriendo allá afuera? ¿Cómo iba a escaparse si se quedaba como una muñeca de trapo tirada en la cama con las sábanas tapándola como si fuera una cubierta que la hacía falsamente invisible?
Apartó la tela de su cara. Empezó a temblar pero estaba decidida a emerger de su caparazón de algodón y asomarse al puro horror.
Apoyó los pies en el piso y se quedó sentada en el colchón, enfrentando  la parte baja de la ventana. Tenía que pararse para que su rostro quedara a la altura del vidrio que no paraba de chorrear agua.
Lo pensó unos minutos, no muchos. El tiempo cronológico (no el tiempo meteorológico que era un desastre) avanzaba.
Pensó: “uno, dos y tres”, y se levantó de golpe asomándose justo cuando se apagaba el último destello de luz.
Y lo volvió a ver.
Antes de que el campo se tragara la luminiscencia del último rayo, lo volvió a ver. No sabía a ciencia cierta qué era lo que había visto. ¿Una silueta humana? ¿Un animal? ¿Un monstruo?
No quiso averiguarlo y se tiró en la cama boca abajo.
Vino otro rayo, el trueno y una ráfaga de viento.
Otro rayo, otro trueno y otra ráfaga de viento.
Otro rayo, otro trueno y… un aullido.
Se le erizó la piel. Una cosa, pensó, era imaginar algo, no estar segura de su propia razón, pero un sonido era algo más palpable. Aunque cabía la posibilidad del viento. Estaba soplando como lo hacía el lobo de las fábulas: “¡Soplaré, soplaré y tiraré tu casa abajo!”, se acordó. No tenía miedo de que su habitación caiga como las irrisorias chozas de los cerditos del cuento, sí lo tenía si ese aullido venía de esa presencia que solo había llegado a vislumbrar, cuando la marea de luz se había retirado dejando una forma difusa en su retina.
Otro aullido rompió el silencio y estaba segura de que era un lobo, aunque también sabía que en ese lugar no los había, entonces se dijo que era un coyote o una hiena, aunque descartó esta última porque se acordó de que las hienas no aúllan, se ríen. No pensó en un perro; un perro no tenía nada de amenazador.
Y entonces llegaron los rasguños en el vidrio. “Eso” había llegado y trataba de entrar.
Ahora menos que nunca se daría vuelta. ¿Esperaría a que las garras la deshicieran en jirones mientras “eso” aullaba a la luz de los relámpagos?
Y se acordó de las ramas secas del roble que cercaban su casa. ¿Podía ser? ¡Claro que no!, se amonestó. ¿Cómo iba a tener miedo de las ramas de un árbol, del mismo árbol en donde se subía en verano para esconderse entre sus hojas verdes y lustrosas?
Su miedo parecía hundirla cada vez más en el colchón de su cama. Parecía que aumentaba de peso, como si algo la succionara a un túnel que, pensaba inocentemente, la protegería de los cientos de lobos —porque ahora imaginaba que eran cientos— con sus garras afiladas que ya estaban entrando a su habitación.
Aullido y rasguño mediante, la habitación de pronto explotó con luz artificial. Había vuelto la corriente eléctrica. Entonces, abrió los ojos que los había mantenido cerrados con la fuerza de su convicción —convicción en no querer ver su propia muerte— y vio con espanto, debajo de una almohada, dos ojos que la miraban fijos. Ojos negros, brillantes, muertos; duros como el plástico.
La luz fría de la lámpara del techo señoreaba por todos los rincones haciendo visible la habitación entera. Todo parecía normal, pero esos ojos inertes, semiocultos, eran tan reales como la felpa oscura que los cobijaba. Estaban allí, y no apartaban la mirada fija de la suya. Era "eso" que había logrado entrar a su habitación y la miraba sin pestañear. 
De repente, volvió a cortarse la luz. El rugido del trueno que vino a continuación, no pudo ahogar el grito de Julia que, en un  último y desesperado intento de salvación, se tapó la cara con las sábanas al percibir con terror cómo, con el último resplandor, esos ojos negros, muertos y ahora sin brillo, empezaron a avanzar hacia ella. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

TIERRA DE DIATOMEAS

Recuerdo el día exacto en que sucedió. Fue un lunes veintiuno de junio. No viene al caso decir de qué año, sí puedo decir que era un día glacial. De esos en que la temperatura no sube más allá de los dos grados bajo cero; la línea de mercurio congelada y los cristales de las ventanas totalmente empañados. La casa estaba ausente de ruidos desde hacía tres días. El invierno había llegado con ráfagas de viento helado; esas ráfagas que arrancan aullidos de lobos cuando pasan a través de los cables y que parecen intensificarse por las noches. Los mismos ruidos que no me dejaban dormir y que se superponían a los lamentos mortificantes de mi abuela que yo suponía casi centenaria.
Mi abuela fue internada un lunes y falleció un viernes. No había consuelo para mi madre, a pesar de que Tonia, como la llamábamos familiarmente, tenía más de ochenta años y padecía Alzheimer.
Ese lunes, la casa fría, y un poco más vacía, abrió sus puertas a tres moscas que aparecieron de la nada. Imposible pensar en ellas en invierno y menos estando a solo una cuadra de la costa del mar en donde nada permanece quieto por más de cinco minutos. La arena pesada de la playa, el iodo de la espuma, el rocío de las crestas, todo se dispersa violentamente perdiéndose en un horizonte fantasmagórico, pero adentro de la casa tres moscas revoloteaban con total indiferencia y se posaban tranquilas sobre una foto de mi abuela a los veinte años. La cara sonriente, vivaz, como siempre lo había sido, pero absolutamente salvaje e irracional con los insectos. En los meses de verano la casa se convertía en un bunker con trincheras de cebos para cucarachas hechos con cebolla picada, harina y polvo bórico, bicarbonato de sodio con azúcar para las hormigas y tierra de diatomeas para los escarabajos playeros. Los principios de mes, creo que cuando mi abuela cobraba su jubilación, la casa parecía flotar en una nube tóxica de permetrina para aniquilar avispas, mosquitos y toda clase de arañas y alacranes. Ni las vaquitas de San Antonio, que a mí me parecían tan simpáticas, se salvaban de las garras venenosas de mi abuela. Yo no tenía la menor idea de las consecuencias de esas mezclas alquímicas que Tonia realizaba casi en secreto y luego desperdigaba por todas las hendijas posibles. Luego, al enterarme, me horroricé al saber que lo que hacía mi abuela con insólito deleite era darle granos de polenta seca a las hormigas para que sus cuerpecitos negros estallaran y tierra de diatomeas, unas algas fósiles abrasivas, que cortaban como navajas la boca y la garganta de los escarabajos y cascarudos. No tuve ánimos de seguir averiguando más sobre su arsenal químico.
Como dije antes, recuerdo el día exacto en que empezó la colonización: al tercer día de la muerte de Tonia, la tarde tiritaba de lluvia, mi madre dormía en su habitación y tres moscas ingresaron desde un exterior helado. Se posaron sobre los cabellos blancos de la fotografía de mi abuela y caminaron por sus mejillas y su cuello como solicitando una tregua a una persecución que venía desde lejos; un armisticio, ahora que la persona que tanto las había hostigado en vida había desaparecido de sus ojos facetados. Las espanté varias veces con mis revistas de historietas y siempre volvían y acariciaban el vidrio del cuadro con sus patitas negras. Parecían contentas de poder ver esa cara sonriente tan de cerca; ellas que siempre habían huido a velocidades exorbitantes con solo intuir su sombra recortada sobre las paredes.
Mi abuela tenía un gato y un perro y desde su muerte los únicos ruidos que se oían eran los lamentos de Sancho, el perro y los arañazos al sillón de Tomás, el gato. Pensé en mi abuela y su legado: un perro, un gato y tres moscas felices de poder revolotear a sus anchas por todos los ambientes, ahora, libre de venenos.
La casa se vendió a principios de la primavera, cuando las abejas empiezan explorar el territorio para un futuro asentamiento y, de alguna manera, la casa de la playa se transformó en el escondite perfecto para sus panales y, debo decir, para todos aquellos seres que no superasen el tamaño de un botón de nácar.
Precisamente mi abuela tenía cientos de esos botones en latas oxidadas de galletitas Ortiz y cada tanto los sacaba para acomodarlos por colores y tamaños. Luego de tan laboriosa tarea —estoy hablando de cientos—, los volvía a poner todos juntos a la espera de otra clasificación futura.
Luego de venderse, la casa nunca fue habitada por seres humanos. Se convirtió en un faro ciego para luciérnagas, arañas y moscas. Todos convivían en una frágil armonía, un ecosistema que seguía siendo feroz, pero de forma natural y equilibrada. Hasta que llegaron las termitas y acabaron con todo. De eso me enteré más tarde y me llamó la atención que a nadie de la inmobiliaria le haya importado. Parecía que un destino inexorable había caído sobre sus tejados y no había nada que hubiera podido hacerse.
Ese lugar tan hermoso y sólido que guardo en la memoria infantil —pasillos soleados, olor a bizcochuelo de naranja— se fue desintegrando de a poco hasta quedar como el esqueleto de una ballena varada, como una osamenta consumida. De grande pasé varias veces por allí, pero nunca bajé del auto, y menos me animé a entrar. Parecía que, vista desde lejos, sus cimientos hormigueaban, sus cuartos derruidos zumbaban y, cada tanto, los chispazos fríos de las luciérnagas invadían el altillo —que había sido mi habitación hasta los doce años— con una luz espectral. Era una sensación enfermiza e irreal. De la casa solo había quedado en pie un montón de tablones blancos de sal, algunos cristales esmerilados por el viento arenoso y un susurro que provenía desde sus entrañas secas.
Al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Tonia, acompañé a mi madre al cementerio. Quise pasar por una de las florerías que se arremolinaban en los márgenes de sus muros ultrajados por grafitis políticos. A mi abuela le gustaban los geranios —al menos eso siempre creí—, pero en esos lugares solo venden claveles, calas coloreadas artificialmente y margaritas. No te preocupes, me dijo mi madre, yo le llevo flores. Quedé desconcertado porque desde que habíamos salido de casa, ella solo llevaba una pequeña cartera de cuero negro en una mano y un rosario amarillento en la otra. No dije nada y pasamos de largo por el puesto de flores y sus perfumes siempre tan profundos y pesados. Cuando llegamos a la tumba, mi madre abrió la cartera, sacó un frasco de vidrio lleno de un polvo blanco, lo desparramó alrededor de la cruz y luego, ya vacío, le colocó adentro un apretujado ramillete de flores de plástico que tenía adentro del bolsillo de su sacón de lana. Se agachó con lentitud y apoyó el frasco en la superficie granulada de la lápida. Tu abuela odiaba los insectos, me dijo a modo de explicación, no le gustaría ver a ninguna abeja o mosca dando vueltas sobre ella. Me pareció una idea descabellada aunque con cierta lógica. Yo había sido testigo temeroso de su cruzada con los bichos voladores. Aparté de mi cabeza con violencia la idea de ver a mi abuela enterrada y rodeada de insectos. Aunque, después de tanto tiempo, la peor parte ya había pasado. Ahora debía estar radiante con sus huesos lustrosos y su vestido adornado con gran parte de los cientos de botones de nácar que mi abuela había pedido, en uno de sus desvaríos, llevarse a la tumba para seguir ordenándolos por colores en el lugar que se encuentra más allá de las nubes.
Ayudé a mi madre a levantarse y noté sus ojos húmedos. Creo que me lo merezco, me dijo sacudiéndose la tierra inexistente del vestido. No te entiendo, le dije llevándola por un camino de cipreses. Las veces que le traje flores, continuó, tu abuela se me aparecía en sueños. Con un dedo acusador me decía que alejara esos bichos de su cara. Al principio no entendí, pero ahora sé lo que me quería decir, y me acordé que una vez le había prometido que nunca iba a permitir que ningún insecto la molestara, claro que ya tenía setenta y nueve años y el Alzheimer la hacía delirar, pero nada de agua para mosquitos y alimento para hormigas. Mi recuerdo para ella serán solo flores de plástico.
Ella hablaba y yo escuchaba. Hacía mucho tiempo que no manteníamos una conversación tan larga sobre su madre, mi abuela. Siguió con su monólogo varios minutos más y luego yo le conté los recuerdos que aún mantenía de la infancia. Omití, por vergüenza y compasión, la ausencia premeditada de mi padre. Mi abuela había agonizado durante una semana antes de irse. Mi padre lo hizo de un día para el otro, con toda su ropa a cuestas y dando un portazo cerca de las doce de la noche, cuando yo todavía estaba leyendo en la cama una de las tantas revistas deshojadas que tenía apiladas al lado de la mesa de luz, alguna D’artagnan o, quizás, El Tony. Nunca más pude leer esas revistas sin que se me estrujara el corazón con un golpe. Ese golpe de medianoche. Ella me escuchaba mirándome a los ojos, agarrándome del brazo, caminando a lado mío como viejos camaradas de una vida que pasaba volando; como las moscas de Tonia.
No volví a tener una charla tan profunda con mi madre. Las urgencias de todos los días nos fue distanciando. Me casé, tuve una hija y mi madre siempre estuvo presente, pero a la distancia, como implorando, con cada día que pasaba, el papel de hija que había perdido.
Mi hija adora a su abuela, pero no logra hacerla participar de sus juegos e inquietudes. Un día me dijo con ese tono tan inocente y falto de moralina que tiene los chicos a los cuatro años: cuando se muera la abuelita la voy a llenar de flores. Me quedé pasmado por semejante argumentación. Podés dárselas ahora, le dije. Ahora no, hizo un trompa con la boca y siguió diciéndome, me mira con cara mala y me dice que las flores son feas y que están llenas de bichos. No supe que decir. ¿Cuándo se va a morir la abuelita?, me preguntó y yo quedé mudo.

Desde ese día no volvió a tocar más el tema. Seguí acompañando a mi madre al cementerio para que siguiera adornando con flores nuevas de plástico la laja de granito de su madre. Así como su nieta no volvió a tocar más el tema de las flores reales, las saturadas de polen y fragancias, su abuela no volvió a hablarme más de insectos voladores. Un pacto invisible que me hizo acordar a ese gélido veintiuno de junio, en el que tres estandartes alados percibieron que la guerra había terminado. El territorio —su territorio— sería tomado a la brevedad. Por suerte abandonamos la casa antes, o quizás, hubo un pacto secreto entre ellos y mi abuela. Tuvieron la delicadeza de esperar a que nos fuéramos. Esas tres moscas se habían comunicado con Tonia a través del vidrio opaco de un portarretrato en el que se la veía sonriente, vivaz e implacable. Aún desde el más allá.